29 de noviembre de 2015

SOBRE LA JUSTICIA

EL PROFUNDO EQUILIBRIO QUE DEBE MOSTRAR LA JUSTICIA

Enrique Posada
noviembre de 2015


Hay que retirar la cortina de la justicia ciega y descubrir sus posibilidades humanistas  

El tema de la justicia es vital para el buen funcionamiento de una sociedad. De hecho, existe una continuada tradición que consagra la justicia como uno de los tres poderes del estado, indicando con ello que es uno de los tres apoyos sobre los cuales residen la estabilidad y la posibilidad real de que los ciudadanos acepten las estructuras que los gobiernan.

El poder de la justicia no se puede derivar de consideraciones políticas, ni de fuerzas ideológicas, sino de la sabiduría, de su sentido de fuerza social, de su evidente sentido de la verdad, de sus manifestaciones equilibradas, bien razonadas y coherentes con el desarrollo de la sociedad y de la humanidad. De la mano de la justicia debe avanzar la sociedad hacia su evolución y su sentido armónico.

Tengo la sincera impresión de que el sistema nacional de justicia en Colombia, mi país, está profundamente enfermo, de tal manera que esa enfermedad es causa fundamental de las grandes discordias sociales y males nacionales. Quiero señalar ocho aspectos que deben ser parte del complejo equilibrio que subyace en los comportamientos, las sentencias, la apariencia y la realidad de un buen sistema de justicia. Es complicado equilibrar todo esto, pero de eso se trata. Triste servicio le hace a una sociedad un sistema de cortesanos orgullosos y separados de la realidad, que están con frecuencia demasiado centrados en sus privilegios como futuros jubilados, muy pendientes de que el sistema se adapte a sus ideologías particulares y extremadamente prestos a realizar paros judiciales con cualquier pretexto. Como consecuencia de ello, en las encuestas de opinión pública, las personas dan porcentajes de aprobación terriblemente bajos a las cortes y a los tribunales, que tendrían que ser depositarios de la máxima sabiduría y del máximo respeto y admiración de los ciudadanos.

Según El Tiempo, noviembre 2014, la encuestadora Gallup hizo un balance de lo que han sido 20 años midiendo la opinión en el país y encontró que por primera vez las distintas instituciones del sistema judicial (Fiscalía, Procuraduría, la Corte Constitucional y la Corte Suprema)  tienen la imagen negativa más alta que la positiva, de modo que en la actualidad se vive el menor nivel de credibilidad institucional en el país. Sobre la Fiscalía los colombianos tienen imagen favorable del 41% y desfavorable del 52%. Sobre la Corte Constitucional, su imagen favorable es del 41% y la desfavorable del 43%. La Corte Suprema de Justicia, desde junio de 2012 ha mantenido problemas con su imagen, pero ahora, en agosto, alcanzó el récord en su imagen negativa al llegar al 55 por ciento. A la luz de los resultados de Gallup, el sistema judicial lleva mucho tiempo saliendo mal librado. La novedad esta vez es que su imagen negativa llegó al 79 por ciento, la más alta que ha tenido. 

Es decir, la aprobación no sería mayor del 21 %. En cambio el país de América en el que más se confía en el sistema judicial es Canadá, con 58,3 %. Segundo Uruguay, con 54,1 %; luego Costa Rica, con 53% y cuarto Estados Unidos, con 52,3%. No son tampoco números maravillosos, pero los de Colombia van a la baja y son preocupantes.

Dejemos las encuestas y consideremos los ocho puntos que quiero proponer como aproximación al equilibrio. Para cada uno de ellos señalo algo que se puede hacer:

1- La importancia de que los tiempos sean razonables  

Los tiempos para resolver las situaciones deben ser razonables y cortos. De lo contrario se da lugar a enormes costos sociales, a que las personas permanezcan en un limbo de indecisiones, a esperas que no tienen razón de ser, que nadie entiende, a una sensación de abandono y de desespero por parte de todos los involucrados.    

Propongo que se abandonen creencias absurdas, como la de que la justicia es lenta, que cojea pero llega. Que se eduque a los jueces, abogados y personal en el sentido del tiempo y de la urgencia. Que se cuente con indicadores y metas relacionados con el tiempo. Que se adopten prácticas que funcionan en otros lugares y que aceleran los procesos. Que se simplifiquen los procesos.

2- La importancia de la participación de los involucrados.

Uno tiene la impresión de que los sistemas que existen no facilitan la escucha de las personas. Más bien la tendencia es a separarse de lo humano y basarse en papeles, en precedentes, en testigos, en declaraciones, en jurisprudencias, sin que los jueces se acerquen al caso. Hay una gran lejanía humana. El juez no se acerca; las partes no se acercan. Todos están separados por ceremonias, por plazos, por papeles, por procedimientos.   

Propongo que se cuente con espacios de contacto, en los cuales las partes puedan decir sus cosas, contar sus historias y que eso se considere importante. Eso dará un sentido de justicia a las partes, inclusive cuando se tome una decisión contraria a sus expectativas. Es vital la retroalimentación, es decir, el conjunto de las conversaciones y de la escucha. ¿Suena muy humano y muy idealista? Pues de eso se trata. 

3- La importancia de la reparación de los daños

Pareciera ser que el énfasis del sistema de justicia está en establecer la culpa, en decir quién falló y cómo se lo puede condenar a pagar por ello. Para ello se han fijado unos sistemas de condenas a prisión y de pagos de multas absolutamente absurdos y onerosos, que nadie podría pagar y menos cuando es condenado el culpable a largas penas de prisión.  Como consecuencia de ello, se genera un sistema mentiroso e imposible. Y los más probable es que las partes ofendidas, sean la sociedad o personas, no reciban compensaciones reales o proporcionadas a la situación a que estuvieron sometidas.

Propongo que se establezcan sistemas razonables de negociación, que faciliten el que la parte culpable haga reparaciones según su real capacidad, de manera que vea una conexión proporcionada entre el daño y la reparación, entendiendo que en general el daño va a ser mayor que la reparación, pero esta última va a ser real, rápida y directa. Propongo que se revisen las tablas que existen para tasar reparaciones, pues carecen de realismo práctico y no conducen a la justicia real.  

4- La importancia de las investigaciones de calidad y efectivas para allegar pruebas y elementos de juicio

Me parece evidente que nuestros sistemas de investigación tienden a ser pobres, basados en testimonios de baja credibilidad, sin mayores bases técnicas. Da la impresión de que la mayor parte de los delitos no se investigan a fondo, que se convierten en meros registros siguiendo procedimientos inefectivos que no van a conducir a encontrar la verdad de las cosas.

Propongo que se vayan reemplazando (o al menos complementando) los métodos basados en los papeles y en los procedimiento por los métodos basados en la prueba. Propongo que se haga mucho entrenamiento de las personas y que se cuente con un sentido de compromiso por lo que es la investigación y la búsqueda, que se estimule el sentido de amor por la verdad evidente y no por la habilidad para encontrar la verdad procedimental.

5- La importancia del castigo adecuado

En nuestro medio el castigo se basa mucho en las penas de cárcel y en las multas onerosas e imposibles de pagar. Me parece evidente que el sistema de prisiones existentes es absolutamente descabellado. Se trata de lugares sucios, desordenados, donde reina el hacinamiento, peligrosos, tenebrosos. Al menos esa es la imagen que les llega a las personas comunes y corrientes. Se trata de lugares que se convierten en escuelas de entrenamiento de criminales, que no dan lugar a que las personas se puedan rehabilitar efectivamente.  Además son terriblemente costosos e injustos, en los cuales hay muchas personas encerradas que no son culpables o que pagan penas excesivas, sin que haya esperanza para ellos. Escenarios dantescos, en una palabra.

Propongo que todo esto se cambie radicalmente, que solo se tenga la cárcel para delitos muy graves y para contener en ella a personas realmente peligrosas para la sociedad.  Que sean lugar de trabajo no solamente de guardias y carceleros, sino también de grupos interdisciplinarios de profesionales humanistas, que entreguen todo su saber y sus habilidades para rehabilitar, si es posible a estos seres anormales y extraños que hayan escogido el crimen y el desorden de comportamientos, como forma de vida. Para el resto de los que sean culpables, elegir métodos de castigo variados, que permitan resarcir daños y que faciliten la rehabilitación. Por ejemplo, el trabajo comunitario; el pago mensual de cuotas, factibles y proporcionadas a sus capacidades; el emitir declaraciones públicas de arrepentimiento; el servicio ambiental o social; el trabajo con comunidades marginadas, en actividades de limpieza de las playas, de los ríos y las carreteras; actividades educativas o artísticas . Todo ello administrado por equipos competentes, interdisciplinarios, con objetivos claros y sentido de compromiso.       

6- La importancia de la protección de los más débiles

Uno tiene la impresión de que las personas sencillas, de niveles de educación modestos o de recursos económicos escasos, están muy desprotegidas ante la ley. Si sufren un crimen, no saben cómo denunciar o proceder, deben resignarse ante la lentitud o la incapacidad de la justicia para resolver los casos dignamente.  Si son declarados culpables, o acusados, carecen de medios efectivos para defenderse o para subsistir dignamente en una prisión, sufriendo además la pena de no ser capaces de velar por sus familias abandonadas. Terribles son estas situaciones. Muy desproporcionadas y severas para los débiles.

Propongo que se tenga una especial disposición del sistema hacia las personas que tengan cualquier tipo de debilidad o de limitación, evitando en todo caso que las familias queden abandonadas como consecuencia de asignar multas o penas de cárcel. Hay que traer solidaridad y misericordia al sistema judicial. Hay que ser creativos y encontrar formas proporcionadas de castigo, que no acaben con las personas y con sus familias. Las personas mismas que se equivocan y que caen en la trampa del delito, pueden ayudar a encontrar formas de pagar por lo que han hecho, que no destruyan su dignidad y su capacidad para ser responsables con sus propias vidas y sus familias.  

7- La importancia de la revisión justa y proporcionada de lo que se hace

Nuestro sistema tiene formas de recurrir y de revisar las sentencias en varias instancias, con el sano propósito de evitar injusticias. Pero no parece que funcionaran bien. Se trata de procesos largos, costosos y con frecuencia contraevidentes y contradictorios, sin que queden sabores de sabiduría, de verdad o de jurisprudencia en ellos.  Parecieran torneos de debate o de resistencia u oportunidades para imponer modos de pensar o ideologías. Se trata de un sistema de instancias en apariencia muy tecnológico y especializado, que se basa en las habilidades en el uso de la palabra, en el manejo recursivo de los argumentos y poco en hallazgos sobre la verdad y la justicia.

Propongo que el sistema para allegar pruebas y para encontrar la verdad, permita en sí mismo, instancias. Es decir, momentos de revisión y de recapitulación, coordinados por los jueces, en los cuales se vaya observando cómo se desarrolla el caso, cómo se va descubriendo la verdad, de forma que las partes puedan escuchar, ser escuchadas, preguntar y revisar.  En esta forma las partes van llegando a acuerdos, por lo menos, al nivel de sus consciencias internas, sobre la sabiduría de lo que está ocurriendo y ello va a contribuir a su propia aceptación y a su convencimiento interior.     

8 – La importancia de la empatía, de sentir al otro

El sistema judicial está dedicado a una causa muy noble: evitar que las personas resuelvan sus dificultades de manera arbitraria: recurriendo a la violencia, usando la venganza, utilizando la fuerza y el poder. Para ello debe dar a las personas una sensación de justicia y de cercanía, de fuerza social, de coherencia. Pero da la impresión de que este sistema es ciego, indiferente, severo, sordo, ausente, alejado, inalcanzable, incapaz de acercarse a lo que sienten las personas. Da la impresión de que para este sistema, el otro no es importante. Y el otro es el otro en todas sus dimensiones: culpable e inocente; víctima y victimario; juez y partes; fuerte y débil; sabio e ignorante.

Propongo que la empatía sea la máxima habilidad que practiquen los responsables de este sistema: es decir, la habilidad para sentir y experimentar lo que el otro siente; para ponerse en el lugar del otro; para identificarse con él. En esta forma de acercamiento, se experimenta el máximo sentido del equilibrio social y el máximo sentido de la justicia.    

Y no es algo imposible. En realidad es bastante sencillo practicar esto. Ello permitiría recuperar el sentido de dignidad y de armonía a la nación. Y no es idealismo inocentón. Es realismo puro, el que permite usar a plenitud las capacidades más brillantes, excelsas y evolucionadas del sistema nervioso, que son las de la empatía y el amor.

  




       

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