15 de noviembre de 2015

Ante el terror

Nos tenemos que sentir afectados por las frecuentes manifestaciones relacionadas con la violencia absurda e indiscriminada que utilizan distintos grupos humanos para hacerse notar, para mostrar que son fuertes, que están ahí. Acabamos de atestiguar los horribles atentados de París; con continua frecuencia nos llegan las noticias, ya perdidas entre tanto ruido, de los atentados que los distintos grupos religiosos fanáticos hacen en el oriente medio. Les encanta a estos desalmados poner bombas en los mercados inundados de gentes de todas partes, para que haya bastante muerte y destrucción, para acabar con el tejido social, para hacer que su mensaje destructivo y desesperante llegue a los titulares de prensa y la opinión pública.



¿Qué hacer ante esto? Lo primero es que todos nos hagamos esa pregunta; lo segundo que todos la contestemos y lo tercero que nos comprometamos con alguna acción.

A mí se me ocurren al menos cuatro respuestas y, para cada una de ellas, acciones y compromisos.

La primera es que debo manifestarme sobre estas cosas; no quedarme indiferente; no sentirme sin opciones y sin alternativas. Declaro mi rechazo contundente ante todas las manifestaciones del terrorismo. Acá no hay nada políticamente correcto; nada hermoso; nada heroico. lo que hay es maldad destilada, ignorancia absurda. Todos estos sinvergüenzas caen en la misma canasta de lo despreciable: los que derraman petróleo a los humedales y dañan la estructura de un país; los que destruyen una humilde capilla donde se refugian sencillos habitantes de un pueblo perdido y matan con ello más de 100 personas; los que lavan el cerebro de jóvenes hombres y mujeres para que se sacrifiquen en un mercado público destruyendo con ello a todos los que están cerca y acabando con el trabajo de tantos, que quedan en la ruina; los que toman rehenes civiles y los sacrifican; los que matan niños en Siria; los que destruyen los tesoros históricos de la humanidad sin sentido ninguno por el patrimonio y la cultura. No inventaré excusas ni disculpas para dar visos de hermosura a tamaña podredumbre.

La segunda es que debo reforzar mis comportamientos de aprecio y de admiración por las ideas de los que me rodean, para crear un clima constructivo. Practicar la escucha activa; rebajar el tono de mis críticas y de mis juicios, para que otros puedan expresarse; contribuir con mis ideas positivas y creativas para ayudar a armar un mundo sensible, equilibrado, valioso.

La tercera es que debo escribir, expresarme, como lo hago ahora mismo, para contribuir con el lenguaje de la cultura, de las buenas prácticas, del humanismo, a que se construyan valores centrados en la vida, en el aprecio por el otro, en la justicia y el trato digno, de manera que las personas dejemos de lado el lenguaje basado en el machismo, en la violencia, en la manipulación. Soñar con que nunca más se utilice el terror como forma de expresión comunitaria. Que toda expresión tenga en cuenta al otro que vaya a ser afectado, naturalmente de forma general, para no dañar, no aterrorizar, no desconcertar, no entristecer ni llenar de miedos o de pesimismos a las personas.

La cuarta es que debo usar mis potencias espirituales: visión, capacidad de trascender; capacidad de proyección y de servicio; mi sentido cósmico y profundo; mi sentido de unidad; mi sentido del tiempo y del espacio como potencialidad infinita; mi sentido del misterio y de la creatividad; mis capacidades intuitivas, para ver más a allá de los torpes y cortoplacistas mensajes del terror y distinguir la esencia pura del ser y del amor divino que todo lo subyace y que no puede ser cubierta por la mediocridad de los violentos.    

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